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Dani es una nena como vos, muy fashion. Aunque la abuela, que no entiende lo que es "fashion", usa otras palabras para describirla. Si está calmada y quiere hacer buen papel delante de sus amigas dice cosas como "Es una personita muy decidida". Pero cuando se escandaliza por alguna salida de su nieta exclama: "¡Pero qué criatura tan liberal!" Otras veces la pobre señora pierde la paciencia con ella y entonces hay que escucharla, ¿eh? "Esta chiquilla es un terremoto". Ustedes imagínense los tonitos de voz, en cada caso. ¿Saben cómo suena la "RR" de "terremoto"? (Les aclaro que la abuela es RRRosarina.) Bueno, ahora dejemos a la abuela tranquila en su casa, tomando su té y ... ¡vamos con Dani al shopping! ¿Se animan? Vos, la de trencitas, sí te animás. ¿No es cierto? Te veo un aire fashion a vos también.

El sábado pasado, apenas terminó de desmigar un bizcocho y de decorar el mantelito con su café con leche, Dani se fue al shopping con su amiga Carolina. Solas no fueron, por supuesto. Las llevó la mamá de Caro y también iba su hermanito Lucas de tres años. Adivinen cuánto dinero llevó Dani. ¡Veinte pesos! La mamá decía que era demasiado. Pero como al papá siempre lo convence, se los llevó. Los estaba guardando para más adelante pero otra característica de esta niña es que no puede guardar el dinero por mucho tiempo. ¡No es su culpa! Es que en las vidrieras hay tantas cosas lindas... Trencitas entiende lo que digo, ¿verdad? Sí, en el shopping podía encontrarse con una mochila bien onda, o un peluche relindo, o alguna bijouterie bárbara, o, como aquella otra vez que encontró la computadora que hacía 100 tarjetitas personales preciosísimas. Por supuesto con tu nombre y tu dirección y además con distintos dibujos para seleccionar: podías elegir Winnie Pooh o Minnie, o tantos otros. Estaban rebuenas y te las hacías vos misma en el momento. Vieron que es cuestión de hacer click aquí y click allá, y después apretás PRINT y listo. Esa vez, Dani tuvo que gastarse todo lo que le trajo el ratón por las muelitas.

La cosa es que el auto de la mamá de Carolina arrancó, y en el barrio quedó un desconocido silencio. Son unos quince minutos de viaje hasta el centro comercial y Dani se entretuvo mirando por la ventanilla, leyendo los carteles de propaganda política que estaban en letras más grandes. No era difícil leerlos, aunque el auto fuera rápido, porque habían colocado muchos carteles iguales, uno al lado del otro. Faltaban diez días para las elecciones y la ciudad daba pena. Otras cosas daban pena también, como el desempleo. Las chicas sabían que varios papás de sus compañeras se habían quedado sin trabajo. "Papás sin trabajo" significaba una sola cosa: "nenas sin la más indispensable bijouterie". ¡Qué injusticia! (En la escuela, la maestra le había corregido su expresión: "No se dice más indispensable. La palabra ‘más’ está demás". Pero Dani lo tomó como un chiste o un trabalenguas y no hizo caso, porque ella no podía expresar lo que sentía si no usaba todos esos vocablos.)

En el semáforo había chicos vendiendo fruta, con sus pies descalzos. Pero a Dani no le daba lástima, sencillamente porque a ella misma le encantaba andar descalza, casi en cualquier lugar. Una vez había ido con los compañeros y la maestra a visitar el Monumento a la Bandera y ahí no más se descalzó y se trepó a un árbol bastante alto. El guardaparque la hizo bajar ni bien la vio, porque existía el riesgo de que resultara lastimada ... alguna rama del árbol. ¡No, por Dani no tengan miedo! Ella sabe lo que hace. Aclaremos que a Carolina no le gusta descalzarse. Ella es una nena más formal, quietita y callada. Y aclaremos también que Dani sabe lucir sus borcegos, si se trata de ir a pasear al shopping.

Ya dijimos "decidida, liberal y fashion". Agreguemos que esta nena también es protectora. Lo demostró cuando, al bajarse del auto en el estacionamiento, un perro se le vino al humo al pobre Lucas. Dani se interpuso haciendo de escudo y le dijo: "No te asustes, Lucas. Antes de morderte a vos, tendrá que morderme a mí." Digan que el pobre perro no había pensado morder a nadie, sólo quería olfatearlos.

Fue una linda mañana de hamburguesas, gaseosas y pororó. Además fue inevitable comprar unos anillitos espectaculares, que costaron casi diez pesos entre los dos. Las horas fueron pasando tranquilamente salvo por uno o dos percances sin ninguna importancia. En la desembocadura de la escalera mecánica había un cartel de publicidad con la figura de Valeria Mazza en tamaño natural. No se sabe cómo se cayó al pasar nuestros chicos por allí y dio sobre la espalda de una señora que sufrió un buen sofocón. Si hubiera estado la abuela le habría facilitado la palabra justa para el caso: "terremoto". De la misma inexplicable manera se alteró el movimiento de un exhibidor giratorio con relojes, se desmoronó una pila de remeras de Mickey, y el auto de Barbie que estaba en venta en la juguetería avanzó vertiginosamente entre las piernas de los clientes que hacían cola en la caja. Pero todo eso no fue nada.

Algo interesante ocurrió, sin embargo, a la salida del shopping, mientras tomaban su segundo helado. (Como el café con leche había quedado en el mantel, había espacio en la pancita.) Dani notó que una pibita, que vendía medias con su mamá en la esquina, la miraba fijamente. Mejor dicho, le miraba la mano. Los ojos de Dani oscilaron suavemente, de la chica, a su propia mano, varias veces, hasta que se convenció de que la criatura admiraba sus anillitos nuevos. Le dio un dolorcito en el pecho y le costó tragar esa cucharadita de helado. Los ojos se le pusieron calientes y después la ciudad entera se borró como por arte de magia dejando solas en el universo a la nena pobre ahí enfrente y a la mano de Dani de este lado.

Dejó de tomar el helado que empezaba a chorrearse y quedó pensativa un momento. Ella era la "decidida" según la abuela, así que por fin resolvió cruzarse hasta el puesto de medias, extendió su mano y le ofreció a la nena pobre sus preciados anillitos. Pero la criatura sacudió su cabecita y respondió: "No. Dame el helado". Dani se sintió confundida. Había perdido toda noción de lo que la rodeaba. Pero moviéndose como una autómata le entregó su helado. Lentamente se dio la vuelta y volvió junto a Carolina, Lucas y la mamá, que la miraba sonriendo comprensivamente.

Subieron al auto y emprendieron el regreso. Durante todo el viaje, Danisa estuvo inusualmente silenciosa, hasta que Carolina le preguntó:

- ¿Qué te pasa? ¿En qué estás pensando?

Los varones dirán que sí, es muy tonto. Pero vos, Trencitas ¿qué opinás?